Pregunta.- ¿No es arriesgado plantear un thriller espiritual en una sociedad en la que tanto se habla de racionalismo y laicidad?
Miguel Aranguren.- Creo que el discurso laicista es ajeno al sentir de la calle. El hombre contemporáneo, más que en ningún otro tiempo, busca respuestas a los interrogantes de la vida, respuestas que de alguna manera mis personajes también se plantean en La sangre del pelícano, donde no sólo impera la acción que provocan unos crímenes horribles y de compleja resolución, sino la búsqueda de la verdad y del destino del hombre más allá de la muerte.
P.- Creíamos que la ficción espiritual había llegado a un punto de imposible retorno tras El Código da Vinci. Sin embargo, al leer La sangre del pelícano descubrimos nuevas tramas oscuras alrededor de la Iglesia. ¿Es éste un género sin fondo o sin fin?
M. A.- Mi novela no bebe de la senda abierta por El Código da Vinci; la obra de Dawn Brown es tan ajena a mi mundo que me sentiría agraviado si alguien intenta hacer comparaciones. En todo caso, reconozco que La sangre del pelícano tiene su origen en la necesidad de hacer frente a tanta literatura basura que utiliza como elementos básicos la calumnia y la ofensa gratuita a la Iglesia católica, que ante semejante tormenta de obras de medio pelo pone la otra mejilla, tal y como sugiere el consejo evangélico. Por mi parte, he tratado de responder con una aventura en la que también aparece la Iglesia y el misterio, pero desde el respeto y con una argumentación sólida.
P.- ¿Por qué éste título para el libro?
M.A.- Los títulos surgen a medida que desarrollo la trama de mis libros. En este caso, la imagen bíblica del pelícano me resultó sugerente e inquietante, como el argumento de la propia novela. Los antiguos creían que el pelícano se hería el pecho para alimentar con su sangre a sus polluelos, y los cristianos adoptaron este simbolismo para hablar de Cristo y la Eucaristía, dos claves en La sangre del pelícano.
P.- ¿Puede desvelarnos algo de la trama?
M.A.- Todo comienza en Roma, cuando en los jardines de Villa Borghese un perro descubre el cadáver decapitado de un hombre al que, además, han quemado las huellas dactilares. En seguida Albertino Guiotta, un sacerdote que en el pasado tuvo un desafortunado encuentro con una secta satánica, se ve envuelto en una cadena de crímenes que buscan, premeditadamente, ir minando lugares alrededor del mundo que son pilares para la fe de la Iglesia.
P.- ¿Los mismos lugares en los que suceden los crímenes de la novela?
M.A.- La novela no sólo se detiene en Roma. Francia vive con asombro el fenómeno de un santón gnóstico que resucita supuestamente muertos ante las miles de personas que le siguen por todas partes. Y en China la Iglesia perseguida recibe la visita de un personaje muy peligroso. Granada es otra de las ciudades en las que recala La sangre del pelícano: un convento de clarisas sufre una serie de violentos ataques sin explicación. Y por último, la sede de las Naciones Unidas será el escenario de un enfrentamiento a cara descubierta entre el Bien y el Mal. Todas estas tramas confluyen en la Ciudad Eterna.
P.- Uno de los dos protagonistas es Luigi Monticone, un comisario romano, viudo y malhumorado. ¿Sigue siendo necesario el contraste cervantino en la elaboración de personajes?
M.A.- Monticone conoce todos los resortes de la podredumbre humana. Cree que lo ha vivido todo, que todo lo ha experimentado, hasta que el padre Guiotta se cruza en su camino. A partir de entonces sus esquemas cambian profundamente. Y sí, ciertamente los personajes de una novela precisan contrastes, matices que en ocasiones reciben de un alter ego, como entre don Quijote y Sancho Panza.
P.- Uno de los aspectos más sorprendentes de La sangre del pelícano es la aparición de personajes reales (la Madre Teresa de Calcuta y Juan Pablo II). ¿No resulta irreal o demasiado atrevido este recurso?
M.A.- Juan Pablo II y la Madre Teresa son algo más que personajes reales. Su paso por la tierra les ha convertido en auténticos heraldos, en símbolos de la justicia y la misericordia. Por ese motivo ocupan el lugar que ocupan en La sangre del pelícano. Y también por ello ocupan un lugar principalísimo en mi corazón de hombre y de escritor.
P.- Entonces, no andamos mal encaminados si le definimos como “escritor católico”.
M.A.- No me considero un escritor católico. Es más, no sé qué se entiende por semejante título. Publiqué mi primera novela antes de cumplir los veinte años y desde hace quince firmo artículos de opinión en importantes cabeceras nacionales. Esto es lo único importante respecto a mi carrera literaria. No escondo que estoy bautizado y trato de vivir de acuerdo a los principios de mi fe, que no sólo iluminan los aspectos privados de mi vida sino la totalidad de mi existencia, pero sin hacer concesiones a etiquetas que pudieran llevar a engaño.
P.- ¿Quién vencerá en la batalla en La sangre del pelícano?
M.A.- Creo que es fácil de adivinar.
M. G.