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Los trapos sucios del Régimen en el atentado

«Todos quieren matar a Carrero» indaga en la sospechosa actuación del franquismo en el magnicidio del almirante.

Madrid.- ETA mató al almirante Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973. Pero, ¿quién permitió que un atentado tan espectacular se llevara a cabo? ¿Cómo es posible que un grupo de etarras fichados por la Policía, y que cometieron todo tipo de imprudencias, se moviera a sus anchas por Madrid durante más de un año? Y, sobre todo, ¿quién estaba interesado en que el presidente del Gobierno desapareciera del mapa?

Desde un planteamiento diferente a lo poco que sobre el tema se ha escrito hasta la fecha, «Todos quieren matar a Carrero Blanco» (Libros Libres) indaga en la sospechosa actuación del Régimen en los momentos previos y posteriores al atentado. Desvela, además, las claves del sumario del caso, perdido durante años en un inquietante peregrinar entre juzgados y a cuya integridad ha tenido acceso por primera vez un medio escrito.

El libro, escrito por el periodista Ernesto Villar, desmenuza, una a una, la veintena de pistas que se desatendieron y, sobre todo, desmonta el mito de que el atentado pilló desprevenidos a los que debían impedirlo. Hubo indicios suficientes que no se quisieron o supieron investigar. ¿Por qué? ¿Fue solo un gigantesco error de los servicios secretos o hubo otras cosas?

La valentía de los confidentes
«Con frecuencia se ha defendido que el Régimen no tuvo la menor sospecha de lo que ETA estaba preparando, pero no es cierto. Los confidentes de la Policía y de la Guardia Civil, que se jugaban la vida día a día, proporcionaron pruebas suficientes que, sorprendentemente, se silenciaron y se guardaron en un cajón», explica el autor. «Hubo una conspiración por acción u omisión. O alguien fue demasiado torpe para impedir el magnicidio, o alguien fue demasiado listo para garantizar que se llevara a cabo», añade.

Entre otras cosas, «Todos quieren matar a Carrero» accede a todos los informes que los confidentes del País Vasco fueron remitiendo a Madrid, en los que se recogía la ficha policial completa de los 67 cabecillas y pistoleros de la banda, incluidos todos los miembros del comando que se movieron durante más de un año por Madrid.

Con una narración plagada de anécdotas, el libro recopila todas las confesiones que, a golpe de remordimientos de conciencia, han ido realizando durante los últimos años los protagonistas del caso, desde el juez hasta los confidentes, pasando por los agentes que pudieron detener a los etarras. Todas ellas conforman un puzzle en el que las distintas piezas comienzan a encajar y que ofrecen al lector una visión actualizada y revisada de lo que ocurrió aquellos días.

Además, recoge el testimonio de los agentes secretos que estuvieron más cerca de Carrero en aquellos años, y que detallan la operación montada a la sombra del Palacio de El Pardo y de los jerarcas franquistas para preparar la Transición. De hecho, la noche anterior al atentado los espías del almirante culminaban una serie de cenas con un grupo de aperturistas, entre ellos el comunista Ramón Tamames.

«Carrero no pertenecía a ninguna familia política y se había convertido en un estorbo para todos. Su gran drama fue que era sospechoso de una cosa y la contraria, de ser el encargado de hacer realidad el milagro de un franquismo sin Franco y, a la vez, de ser un peligroso “traidor” que iba a entregar la Victoria al Príncipe Juan Carlos. Llegó un momento en que su desaparición beneficiaba, de alguna manera, a todos, desde los comunistas y los separatistas hasta el “búnker” de El Pardo».

Quizás por ello el franquismo tardó tan poco tiempo en olvidar al presidente asesinado, como lo demuestran los dos aldabonazos con los que, a modo de metáfora, concluye el libro. Uno son las carcajadas junto a la esposa de Franco del nuevo presidente Carlos Arias Navarro (premiado con un ascenso pese a que, como ministro de Gobernación, era el responsable político del magnicidio) durante la ceremonia de toma de posesión. La otra, una frase sin paternidad reconocida que sirve para introducir las dudas sobre el atentado que plantean 20 personalidades de la época, desde el Rey Don Juan Carlos hasta Felipe González o Santiago Carrillo: «Ha sido un crimen terrible, horroroso… Pero qué a gusto nos hemos quedado sin él».



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